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Cipriano Palacián Juste, hijo de Pascual Palacián y de Joaquina Juste,
nació en Mezquita de Loscos el 7 de Junio de 1893, pasando su niñez en
compañía de sus 4 hermanos. Esta familia era muy apreciada en Loscos por
ser parientes de los Palacianes y los Juste. Cipriano tuvo un gran
talante y buen humor.
Desde joven fue muy inteligente para todo y trabajador para buscarse
bien la vida. Se casó con Paula Soriano Conesa, hija de Antonio Soriano
Ramo, de Mezquita, y Teresa Conesa Beltrán, natural de Monforte. Paula
nació en 1886. Desde su matrimonio trabajaron unidos al servicio de
Mezquita de Loscos.
Ejerció el cargo de alguacil y ordenanza para el Ayuntamiento de
Mezquita y pregonó todos los acontecimientos del pueblo. Cuando subía el
Secretario, que tenía días señalados, en tiempo de invierno, ya tenía
preparada la estufa caliente una hora antes para que empezara su trabajo
y Cipriano esperaba que le dieran las ordenes oportunas para echar algún
bando o llevar algún recado particular.
El alguacil tenía que estar al servicio del Ayuntamiento y del
Secretario sin un horario fijo, pero por el contrario se enteraba de la
mayor parte de las cosas que ocurrían en el pueblo.
Paula
y Cipriano, además, tenían su bar y cantina sirviendo a todo el pueblo
con sus cafés de puchero tan naturales. Famosas eran, por entonces, las
botellas de anís del Ramo y de las Cadenas.
Pero si había un anís típico era uno que fabricaban en Moyuela con uvas
que se llamaba anís Juliana y se solía tomar por las mañanas para
despejar la mente y poner el cuerpo a tono para el trabajo. También
servían un buen vino natural que se elaboraba en Moyuela. Para las
fiestas más importantes contaban con ayuda de algún familiar y yo
recuerdo muy bien aquel curto bajo lleno de personas jugando sus
partidas de guiñote u otros juegos.
También los domingos y días festivos se encargaba Cipriano de organizar
la música a los mozos. Él con su guitarra y sus sobrinos Antonio y
Sebastián Juste preparaban una buena orquesta de cuerda en el salón de
Mezquita.
Cada mozo les pagaba uno 20 céntimos al principio (las mozas no
pagaban). Unos años más tarde la orquesta aumentó: el tío Cipriano con
su guitarra, Antonio con su laúd, Sebastián con su guitarra y José
Tormes con el violín formaban un buen grupo que ya cobraba 50 céntimos a
cada mozo que fuera a bailar.
Muchas veces era el propio tío Cipriano el que animaba a los jóvenes a
salir de ronda por el pueblo.
Era muy amante de la jota y sabía muchos estilos lo que le hacía el
centro de animación de la juventud ("¡tira Reverte!"), muchas se
las inventaba en el instante de la ronda:
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También el
tío Cipriano tenía que aguantar para las fiestas las avalanchas de los
mozos de Loscos cuando subían a bailar y llenaban el salón no dejando
espacio para el baile. Él, con su buen talante, zanjaba las
discusiones.
Este Salón Multiusos servía para todo: baile, barbería, sala de
comedias, sala de vacunas...
El tío Cipriano también sirvió al pueblo de Mezquita con el oficio de
cortante. Aprendió de sus tíos Luís y Joaquín Palacián en Loscos.
Empezó en este oficio desde muy pequeño y tan pronto como aprendió, se
le veía por las calles empedradas y encosteradas de Mezquita
desde el punto de la madrugada de los fríos días de invierno, con su
banco y sus herramientas. Pasado un tiempo tuvo de ayudante a su sobrino
Florencio Juste, con lo que el trabajo ya era más repartido. Cuando se
casó Florencio entró de ayudante su sobrino Sebastián, hasta que se fue
a cumplir con el servicio militar; ese año le ayudó José Tornies.
Con el regreso de Sebastián se repartieron el
trabajo, el frío y los socarrones de las aliagas, que al tío Cipriano le
hicieron perder buena parte de su vista. Pero, además de todo esto,
Cipriano también era agricultor: todos los días, después de sus trabajos
en el pueblo, sacaba sus dos burros al callejón, los juñía con los
aparejos y los aperos, cargaba el arado y tira Cipriano al campo a
trabajar.
Mientras tanto, la tía Paula se encargaba de los bandos, el bar y la
casa, que ya era bastante. Y en verano, además, a segar, a acarrear y a
trillar y, además, la huerta... Menos mal que su sobrino Abel venía a
pasar el verano con sus tíos y les servía de agostero para todos los
trabajos.
Su trabajo era muy apreciado y le tenían un gran cariño, prueba de ello
es que las despedidas siempre eran tristes.
Cipriano y Paula no tuvieron hijos, pero la familia siempre la tuvieron
a su lado. Una de las muchas anécdotas que se cuentan del tío Cipriano
es que una de las veces que salió a trabajar al campo con sus dos
burros, uno de ellos que estaba entero, o sea sin castrar, le mordió y
Cipriano, dolorido y enfadado, lo cogió de las narices trabándolo en el
suelo y dándole su merecido; y es que este hombre era pequeño, pero
valiente. Y después, a principios de invierno, con sus burros a hacer
leña para preparar buenos bardales de leña para todo el año. Al tío
Cipriano siempre le interesó que Mezquita tuviera buenos servicios, por
eso, por los años 40, ofreció a mi padre Joaquín Carbó que se hiciera
cargo de la barbería para lo que puso a su disposición, totalmente
gratis, su casa y su salón los martes y viernes. En invierno, al pronto
de la mañana, pegaban en su puerta para coger vez para "la resura", que
decían.
La cocina se llenaba con el fuego a tope hasta que llegaba el barbero y
mientras los primeros pasaban al salón, los demás cuidaban el fuego. En
verano el barbero subía de 5 a 12 de la noche, y el tío Cipriano,
cansado del trabajo de todo el día, aguantaba dormitando en el banco de
la cocina hasta que terminaba el barbero.
Muchas impertinencias tuvo que aguantar, pero su sacrificio era por el
pueblo. En 1957 murió su esposa Paula. Cipriano, se quedó sólo y con la
vista muy mala: él sólo no podía desenvolverse y pasó momentos muy
difíciles hasta quedar totalmente ciego.
Gracias a la tía Carmen Álvarez, que se hizo cargo de él casándose, pudo
disfrutar sus últimos años que para él fueron de gran felicidad.
El día 5 de Mayo de 1976 falleció Cipriano dejándonos su trabajo y
su amor por Mezquita, su pueblo. Que estos recuerdos sirvan de homenaje
de todos nosotros hacia su persona y a ese espíritu emprendedor que tan
poco se prodiga hoy día.
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