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Juan era un vivo retrato de la sencillez de Domingo, de su oración, caridad
y bondad. Cuentan que era humildísimo, beato y muy limosnero. Muy dado a la
oración, tanto que alguna vez con un pedazo de pan y su rosario se estuvo
tres días rezando en una ermita (quizá en la de Santa Águeda, San Miguel, la
de Herrera o la del Carrascal) a las que visitaba con frecuencia.
Arrodillado en la Iglesia y en los humilladeros (peirones) se entregaba de
tal manera a Dios que se olvidaba de su casa y de sí mismo, hasta que le
llamaban. Daba cuanta limosna podía, jamás apartaba la memoria de Dios.
Cuando iba a Daroca pasaba el tiempo en la Iglesia y Capilla de los Santos
Corporales, rezando allí día y noche, oyendo los Divinos Oficios. Cuando el
Arzobispo don Alonso Gregorio iba visitando su Arzobispado, solía llevarse a
este Santo hombre consigo, gustando mucho de su bondad y llaneza53.
A este siervo de Dios se le atribuyen dos milagros54. Uno, que una noche
obscurísima llena de relámpagos y truenos estando en el monte y no atinando
el camino se puso en oración. De repente en el extremo del palo que llevaba,
surgió una luz tan clara que lo encaminó hasta una gran sabina, donde se
amparó del agua hasta la mañana. Y otro, que en la última enfermedad
queriendo darle la Extremaunción, dijo “No me la den ahora que por la mañana
en el alba cuando canten los pajarillos habrá tiempo”. Y fue así, que a lo
que iban por la unción, habiéndola él pedido, comenzaron a cantar los
pájaros y él la recibió con notable devoción y, encomendándose a Dios, a sus
hijos y a los de su casa la devoción de los santos y de los pobres, volvió
el rostro a una imagen de Nuestra Señora, todo lleno de alegría y risa y fue
al punto que se cubrió el rostro con la sábana y expiró55. Era el seis de
mayo de 1602.
A costa del común del pueblo de Loscos se le hicieron las exequias y honras
funerales porque estaba muy pobre, pues había dado su hacienda a sus hijos y
a los pobres56. Mereció también sepultura aparte al pie del púlpito57, donde
ni deudos suyos ni otra alguna persona está enterrada, queriendo Dios que
tuviese particular sepultura entre los de su pueblo, el que entre todas
ellas había tenido singulares virtudes. |