VIDA DOMINICA DE LA ÉPOCA

En la Provincia de Aragón, a donde pertenecía Valencia, se conoció en este tiempo un florecimiento extraordinario de la piedad y de la ciencia, especialmente en los campos filosóficos y teológico, en los que abundan notables escritos.

Nos encontramos ante una espiritualidad basada en una rigurosa ascética, de signo penitente y proyección misionera, que dio paso a formas de santidad muy sencillas junto a hombres de gran talla humana en un ministerio tanto menos brillante como más eficiente.

La predicación de la palabra adquiere un auge renovado y surge con ímpetu la preocupación por las misiones.

Como indica J. M. Garganta, “Anadón llegó a una casa dominicana llena de vida, con buena observancia regular seriamente practicada, con pleno sentido del buen orden interior de un monasterio, con perfecta distribución de las funciones comunitarias y una jornada monástica adecuadamente organizada, sin olvidos de detalles encaminados a la buena armonía y rendimiento de las diversas actividades de los religiosos, con vida de oración muy intensa en gran número de religiosos, gran estima de las devociones privadas, espíritu de amoroso cultivo de la oración personal, numerosos contemplativos y mucha inclinación a las prácticas penitenciales en íntima conexión con la vida de oración y con un sentido de valor redentivo”.

Destaca la figura de San Luís Bertrán51 (1526-1581) (coincidiendo con el Venerable como Prior del Convento de Predicadores 1575-1578 y Maestro de Novicios 1578-1581). Continuador del espíritu reformista de San Vicente Ferrer52. Varios de sus hijos espirituales acceden a sedes episcopales y aplican con celo la reforma conciliar de Trento. Otros regentaron cátedras diversas.

Dignos de mención, además del El Venerable son los Venerables fray Jerónimo Bautista de Lanuza, fray Antonio Creus y fray Julián Font y Roig.