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El 22 de abril de 1600 se iba a celebrar el Capítulo Provincial en Zaragoza,
allí acudió el Venerable. Sus vecinos con la noticia que tenían de su
maravillosa santidad, salieron a recibirle a tropas, con increíbles aplausos
y aclamaciones; cortándole de paso tanto de sus hábitos, que el Maestro Fray
Gerónimo Mos Prior del Convento de Valencia que le asistía, le hubo de
socorrer con otro escapulario. Entró en la ciudad y creció tanto el concurso
que no le dejaba la gente pasar por las calles y así el Arzobispo le envió
presto su coche. Con todo ello legando a la Plaza de nuestro Convento20, y
no pudiendo el coche pasar adelante, se alteraron las mulas y atropellaron a
la gente. Pero fue cosa maravillosa que pasando las ruedas de la carroza por
sobre las cabezas, piernas y brazos de muchos no dañaban a nadie. Lo que
aumentaba mas los aplausos del pueblo, y las alabanzas que daba la gente a
Dios. Cuando pudo llegar a la portería y apear el varón de Dios, se apretó
tanto el gentío y se acaloró de fuerte la devoción, que a porfía unos le
asían de los brazos, otros de la ropa y aún otros pasaba a ver si podrían
lograr algunos cabellos de su cerquillo para reliquias. Pero el varón santo,
viéndose tan prensado y no tomando estos apremios de la devoción por honra,
se quejaba y decía: “Hermanos estamos aquí en Ginebra, que así se maltratan
a los Religiosos”. Añadía esto el varón humilde otros gritos de sentimiento,
y lloraba de confusión.
Sacaronle los Religiosos como pudieron de las manos del piadoso pueblo, e
introduciéndole en el Convento, le llevaron a una celda donde se recostó
sobre la cama. Sentóse a la cabecera el Canónigo Blas López de Bailo
capitular de Daroca, su gran amigo, con quien el siervo de Dios se empezó a
quejar del mal tratamiento que aquel día le habían hecho los de Zaragoza,
cortándole los hábitos y aun los cabellos de la coronilla. Deseaba el
Canónigo quedarse con un retrato del siervo de Dios y a este fin tenía
prevenido a Pedro Lorfelin de Putiers pintor insigne y ajustado con el
Presentado Fr. Domingo Xavierre, hermano del Padre General de la Orden, que
en esta coyuntura le introdujese en la celda donde descansaba el santo varón
y sacase el dibujo. Entró el Pintor y conociendo luego el Padre Anadón con
luz del cielo su animo, se desazonó y empezó a decir: “¿Que quiere este
hombre? No me entre aquí nadie. Sáquele de ahí”. Procuró sosegarle el
Presentado Xavierre diciendo al Padre Fray Domingo: “No tenga pena, que el
hombre es mi amigo y sólo quiere verle. No le molestará”. Entonces el Varón
Santo (diciendo que le dolía el estómago) se puso de pechos sobre la cama,
cubriéndose el rostro con el escapulario y se estuvo así hasta que el Pintor
se fue.
Afligidísimo el venerable Anadón con tan crecidos honores y advirtiendo que
por horas crecía el concurso de la gente que acudía a verle, resolvió
ausentarse de Zaragoza, y volver apresuradamente a Valencia, y así, aquella
misma noche pidió licencia al Provincial y Definidores, y al otro día, antes
de amanecer, se salió de aquella ciudad, no obstante que estaba lloviendo, y
se fue al Monasterio de Santa Fe de Religiosos Bernardos, dos leguas
distantes de Zaragoza, donde se detuvo tres día con particular consuelo de
aquellos monjes. Y el Abad, viéndole con la saya hecha pedazos por los
muchos que la piedad de los fieles le había cortado, le dio otra nueva y se
quedó el Convento con la vieja, estimándola como preciosa reliquia. En este
medio insistiendo en su intento de quedarse con retrato del Santo Varón, El
Canónigo Bailo, envió al mismo Pintor a Santa Fe, con una carta de negocio
para el siervo de Dios, y era pretexto para que el pintor le pudiese
observar bien las facciones de la cara y sacar después el retrato cabal.
Llegó Lorfelin pero luego que le entregó la carta, lo conoció el varón santo
y se le volvió de espaldas. Leyó el pliego y despidió brevemente a Lorfelin
diciendo que no tenía que responder. Con todo esto como el pintor era
insigne con solo haberle visto cuando le dio la carta le sacó al natural muy
parecido.
Al tercer día partió de Santa Fe para Valencia con el padre Fray Francisco
Montón su compañero ordinario. Predicando y dando limosnas por los Lugares
de tránsito. Cuando llegó a Valencia, preguntándole Domingo Uriel (que le
asistía en la portería) como le había ido, le respondió: “Bien gracias a
Dios, pues no ha habido desastres que yendo por Zaragoza en un coche por no
poder más y pasando las ruedas por encima de muchas personas no hizo daño
alguno. Sea alabada su infinita bondad”.
Además de su labor religiosa realizó otras obras que merecen la atención.
Así, como devoto de San Vicente Ferrer, por su intercesión ante el Patriarca
y el Cabildo de la ciudad de Valencia consiguió en 1595 que la procesión en
honor de San Vicente hiciese estación en el Altar de la Pila Bautismal donde
fue bautizado en la Iglesia de San Esteban de Valencia21. Ese mismo año,
junto al notario valenciano José Benito Medina, constituyó la Hermandad de
los Doce Notarios encargados, junto con la ayuda de doce oficiales de los
gremios más distinguidos de la ciudad, de la administración de dicha Pila.
Este hecho queda reflejado en dos cuadros que se estudiarán más adelante.
Parece ser que a pesar de haber dedicado casi toda su vida a las obras de
beneficencia y apostolado, aún tuvo tiempo de dejarnos diversos escritos
dispersos sobre temas religiosos, que fueron recogidos en un volumen
intitulado “Escritos teológicos de M.R.P. Fr. Domingo Anadón”, que incluye
un magnífico comentario de la Prima Secundae de la Suma de Santo Tomás22.
Así lo indica en su obra el P. Celedonio Fuentes, que indica que
“primeramente lo recibió el V. Lanuza, quedando después en la Biblioteca del
convento de Valencia”. Estos datos los toma del escrito M.S.S. de vita,
miraculis et moribus V.P. Dominici Anadón, perteneciente a la obra Diario
Sacro dominicano del P. Vidal, puntualizando que es un manuscrito que se
conserva en el Archivo de Predicadores de Valencia.23
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