RELATOS SACADOS DEL PROCESO DE BEATIFICACIÓN (1609)

 

Entre los señores más devotos del siervo de Dios, los que más tiernamente le amaron y veneraron fueron los condes de Benavente, Don Juan Alonso Pimentel de Herrera y Doña Mencia de Mendoza Zuñiga y Requesens su esposa. Depuso el Conde en el Proceso que siempre apreció sus cosas como reliquias. Que puesto a la mesa con su mujer e hijos comían con gran gusto todos del arroz que en la Portería repartía el siervo de Dios a los pobres, sacando de la misma olla porción para sus Excelencias. Contestó lo propio la condesa y añadió que ella también (por la devoción que al siervo de Dios tenía) pedía algunas veces semejante potaje, y se lo comía en compañía de su esposo e hijos. A lo que añade el Maestro Catalán que algunas veces pasando estos Señores Virreyes de Valencia por la Portería, cuando el Padre Anadón estaba repartiendo la olla, le pedían de aquel arroz asegurándole que les sabía bien, y estaba de lindo gusto.

Otras veces dice el mismo Conde, que pasando por la portería tomaba de la cesta algún mendrugo y poniéndolo en la faldriquera se lo comía después como regalo de un Santo, que por tal le tenía, encomendándose a él en sus oraciones y venerando sus imágenes. Y concluyó su deposición diciendo que siendo Virreyes de Nápoles, conociendo la muerte del siervo de Dios, mandó labrar un sepulcro de mármol, según la traza que de Valencia le enviaron los Religiosos aunque por afecto y devoción querían que saliese más magnífico.

El año siguiente a la muerte del Varón Santo, regaló a dichos señores el Maestro Fray Pedro Blasco dos pequeños escapularios que sacó de una saya vieja del mismo venerable Portero y con su retrato y capilla se los remitió. Y estimólo tanto el Conde, que en fecha de doce de noviembre del mismo año le escribió de su mano así: “Que tesoro me ha enviado Vuesa Paternidad con los habitillos, capilla del Santo Anadón y con su retrato. Todos lo hemos estimado en lo que era razón y besamos a V.P. la mano por tan gran regalo y presente”. Poco después enviándole el Maestro Fr. Vicente Gómez el libro de la vida del siervo de Dios, que acababa de sacar a luz, le respondió en fecha de cinco de abril del año 1604 diciéndole: “El santo Anadón es justo que le canonizemos. Haré mi deber porque era un santo. Dios nos lo llevó para castigarnos. Con el libro me he alegrado: beso a V.P. las manos por Él”.

El año 1602 cuando Felipe III nombró Virrey de Nápoles a Don Juan Alonso Pimentel de Herrera, Conde de Benavente, que lo era de Valencia, hablando un día el Conde sobre su viaje con el Patriarca Arzobispo de esta ciudad, supo como el Venerable Hermano Francisco del Niño Jesús Carmelita Descalzo le había dicho que las galeras en que había de pasar el golfo padecerían naufragio. Alteraronse el Conde y su Esposa y enviando por Él para oírlo de su boca, se ratificó en ello. Congojaronse con tan infausto anuncio, y encargaronle lo encomendase de nuevo a Dios, y les volviese a ver con la respuesta que le diese el Señor. Volvió pasados dos o tres días y aunque les dio algún consuelo pero no tanto que no les dejase con mucho temor del peligro, y para evadirlo encargaron a las Comunidades religiosas de Valencia y a varias personas de conocida virtud, rogasen al Señor prosperase su viaje. Y en particular llamaron al Venerable Anadón pidiéndole encomendase esta materia a Dios, y después les dijese resueltamente lo que debían ejecutar. Hízolo el Varón Santo y volvioles de respuesta, que confiada y alegremente emprendiesen el viaje, seguros de que no peligrarían, si bien padecerían algunas borrascas. Así fue, pues embarcándose en Vinaroz el día ocho de diciembre, padecieron cinco. La primera el salir de ese puerto que les volvió a los Alfaques. De aquí pasaron a Barcelona, y saliendo de su playa, padecieron la segunda, más peligrosa. Aun lo fue mas la tercera en el golfo de Narbona, en que fue necesario quitar las popas de las galeras. Padecieron una cuarta borrasca enfrente de la Torre de Troya, en Toscana, de viento tan fuerte y contrario que no podían las galeras avanzar, y las olas pasaban de proa a popa. Sosegóse esta tempestad y volvió el viento favorable luego que el Padre Serafín de Polici, Capuchino, echó en el mar de los polvos del Sepulcro de S. Raymundo de Peñafort, diciendo su Oración. Tuvieron otra borrasca en la playa Romana, tan cruda que con estar las unas galeras cerca de las otras y ser las tres de la tarde no se veían por el torbellino de agua, viento y oscuridad. Rompieronse árboles, antenas y remos y muchos de los navegantes hicieron voto de hacerse religiosos. Pero con tan repetidas borrascas no pereció persona alguna y los Condes arribaron sanos y salvo a Nápoles, como por dos veces les había aseverado el Venerable. Y el mencionado Padre Serafín, Provincial de los Capuchinos de la Provincia de Valencia, depuso, que tuvo toda esta navegación por más milagrosa que natural. Y añadió la Condesa, que en todas las borrascas que padecía se consolaba con la promesa del Venerable Anadón.

El Rey Felipe II (según depone en el Proceso el Conde de Benavente), tuvo siempre en gran opinión y estima la santidad de este siervo de Dios, y apreciaba mucho un rosario de naranjitas que de su misma mano recibió y era de los que tenía para dar a los pobres. El año de 1598 partiendo a la Corte el Maestro Balaguer, le dio el Venerable Anadón tres de estos Rosarios. Uno para el Rey otro para su hija la Infanta Doña Isabel Clara Eugenia, y otro para su hijo el Príncipe Don Felipe, que le heredó. Arribó el Maestro Balaguer a Madrid, y sabiendo que el Rey estaba enfermo en el Escorial pasó allá. Dio sus dos rosarios al Príncipe y a la Infanta pero reparaba en dar al Rey el suyo. Se lo manifestó a Juan Ruiz de Velasco, Ayudante de Cámara, quien cariñosamente se le quejó de que no se le hubiera dado antes, y le aseguró que el Rey se holgaría mucho, por el gran concepto con que veneraba al Padre Anadón. Pidióle el Maestro, que por su mano lo pasase a las del Rey, y este gran Monarca lo recibió y besó con particular aprecio y devoción. Púsolo sobre su cabeza y luego mandó colocasen sobre una mesita, entre otras Reliquias que tenía a la vista.

De su hijo Felipe III, depuso el mismo Conde de Benavente, que habiendo venido a Valencia el año de 1599, a celebrar su casamiento con Doña Margarita Archiduquesa de Austria, todo el tiempo que en esta ciudad se detuvo (que fueron casi tres meses) hizo muy particular aprecio del Venerable Anadón, venerándole como varón santo. Celebró este Rey su casamiento en la Iglesia Metropolitana, el 18 de abril y dijo la misa de las bendiciones nupciales, el Señor Patriarca Don Juan de Ribera, y acabada inmediatamente se celebró otra boda real del Archiduque Alberto con doña Isabel Clara Eugenia, hermana del mismo Rey, y dijo la Misa a estos novios el Patriarca de Alejandría, Don Camilo Cayetano. En este medio tiempo hasta la partida de estos

Príncipes parecía residir toda la Corte en la Portería de Predicadores, tal era el concurso de los Grandes de España y otros títulos que a ella concurrían por conocer, honrar y venerar al Santo Portero y encomendarle en sus oraciones. Durante la celebración de estos casamientos, cuantos Príncipes y Señores concurrieron, tanto extranjeros como españoles, visitaron, honraron y pidieron las oraciones del Venerable

Concluidos los casamientos, habiendo de partir el mismo Rey y su esposa a Barcelona, juntamente con el Archiduque Alberto y Doña Isabel Clara Eugenia, quisieron tomar primero la bendición del Venerable Anadón, con quien ya habían tenido diferentes pláticas. Y así habiendo visitado nuestra Iglesia y las celdas de los Santos hijos de esta casa, el propio día de su partida (que fue el cuatro de mayo de dicho año) cuando se salían por la Portería, quisieron les diese la última bendición. Destos Señor, la Infanta en particular le fue devotísima y así no contenta desta visita le mandó llamar a Palacio dicho el Real. Acudió el siervo de Dios, llevándose copia de rosarios de naranjitas, que recibieron la Infanta y sus damas con particular aprecio y devoción.

Y en otras ocasiones esta piadosa Princesa le había pedido de estos rosarios que estimaba como reliquias, pero en esta los estimó mas para con semejantes prendas asegurasen un feliz viaje hasta Flandes, donde se encaminaba con su esposo el Archiduque, nombrado Conde y Gobernador de aquellos países.