Entre los señores más devotos del siervo
de Dios, los que más tiernamente le amaron y veneraron fueron los condes de
Benavente, Don Juan Alonso Pimentel de Herrera y Doña Mencia de Mendoza Zuñiga
y Requesens su esposa. Depuso el Conde en el Proceso que siempre apreció sus
cosas como reliquias. Que puesto a la mesa con su mujer e hijos comían con gran
gusto todos del arroz que en la Portería repartía el siervo de Dios a los
pobres, sacando de la misma olla porción para sus Excelencias. Contestó lo
propio la condesa y añadió que ella también (por la devoción que al siervo de
Dios tenía) pedía algunas veces semejante potaje, y se lo comía en compañía de
su esposo e hijos. A lo que añade el Maestro Catalán que algunas veces pasando
estos Señores Virreyes de Valencia por la Portería, cuando el Padre Anadón
estaba repartiendo la olla, le pedían de aquel arroz asegurándole que les sabía
bien, y estaba de lindo gusto.
Otras veces dice el mismo Conde, que
pasando por la portería tomaba de la cesta algún mendrugo y poniéndolo en la
faldriquera se lo comía después como regalo de un Santo, que por tal le tenía,
encomendándose a él en sus oraciones y venerando sus imágenes. Y concluyó su
deposición diciendo que siendo Virreyes de Nápoles, conociendo la muerte del
siervo de Dios, mandó labrar un sepulcro de mármol, según la traza que de
Valencia le enviaron los Religiosos aunque por afecto y devoción querían que
saliese más magnífico.
El año siguiente a la muerte del Varón
Santo, regaló a dichos señores el Maestro Fray Pedro Blasco dos pequeños
escapularios que sacó de una saya vieja del mismo venerable Portero y con su
retrato y capilla se los remitió. Y estimólo tanto el Conde, que en fecha de
doce de noviembre del mismo año le escribió de su mano así: “Que tesoro me ha
enviado Vuesa Paternidad con los habitillos, capilla del Santo Anadón y con su
retrato. Todos lo hemos estimado en lo que era razón y besamos a V.P. la mano
por tan gran regalo y presente”. Poco después enviándole el Maestro Fr. Vicente
Gómez el libro de la vida del siervo de Dios, que acababa de sacar a luz, le
respondió en fecha de cinco de abril del año 1604 diciéndole: “El santo Anadón
es justo que le canonizemos. Haré mi deber porque era un santo. Dios nos lo
llevó para castigarnos. Con el libro me he alegrado: beso a V.P. las manos por
Él”.
El año 1602 cuando Felipe III nombró
Virrey de Nápoles a Don Juan Alonso Pimentel de Herrera, Conde de Benavente,
que lo era de Valencia, hablando un día el Conde sobre su viaje con el
Patriarca Arzobispo de esta ciudad, supo como el Venerable Hermano Francisco
del Niño Jesús Carmelita Descalzo le había dicho que las galeras en que había
de pasar el golfo padecerían naufragio. Alteraronse el Conde y su Esposa y
enviando por Él para oírlo de su boca, se ratificó en ello. Congojaronse con
tan infausto anuncio, y encargaronle lo encomendase de nuevo a Dios, y les
volviese a ver con la respuesta que le diese el Señor. Volvió pasados dos o
tres días y aunque les dio algún consuelo pero no tanto que no les dejase con
mucho temor del peligro, y para evadirlo encargaron a las Comunidades
religiosas de Valencia y a varias personas de conocida virtud, rogasen al Señor
prosperase su viaje. Y en particular llamaron al Venerable Anadón pidiéndole
encomendase esta materia a Dios, y después les dijese resueltamente lo que
debían ejecutar. Hízolo el Varón Santo y volvioles de respuesta, que confiada y
alegremente emprendiesen el viaje, seguros de que no peligrarían, si bien
padecerían algunas borrascas. Así fue, pues embarcándose en Vinaroz el día ocho
de diciembre, padecieron cinco. La primera el salir de ese puerto que les
volvió a los Alfaques. De aquí pasaron a Barcelona, y saliendo de su playa,
padecieron la segunda, más peligrosa. Aun lo fue mas la tercera en el golfo de
Narbona, en que fue necesario quitar las popas de las galeras. Padecieron una
cuarta borrasca enfrente de la Torre de Troya, en Toscana, de viento tan fuerte
y contrario que no podían las galeras avanzar, y las olas pasaban de proa a
popa. Sosegóse esta tempestad y volvió el viento favorable luego que el Padre
Serafín de Polici, Capuchino, echó en el mar de los polvos del Sepulcro de S.
Raymundo de Peñafort, diciendo su Oración. Tuvieron otra borrasca en la playa
Romana, tan cruda que con estar las unas galeras cerca de las otras y ser las
tres de la tarde no se veían por el torbellino de agua, viento y oscuridad.
Rompieronse árboles, antenas y remos y muchos de los navegantes hicieron voto
de hacerse religiosos. Pero con tan repetidas borrascas no pereció persona
alguna y los Condes arribaron sanos y salvo a Nápoles, como por dos veces les
había aseverado el Venerable. Y el mencionado Padre Serafín, Provincial de los
Capuchinos de la Provincia de Valencia, depuso, que tuvo toda esta navegación
por más milagrosa que natural. Y añadió la Condesa, que en todas las borrascas
que padecía se consolaba con la promesa del Venerable Anadón.
El Rey Felipe II (según depone en el
Proceso el Conde de Benavente), tuvo siempre en gran opinión y estima la
santidad de este siervo de Dios, y apreciaba mucho un rosario de naranjitas que
de su misma mano recibió y era de los que tenía para dar a los pobres. El año
de 1598 partiendo a la Corte el Maestro Balaguer, le dio el Venerable Anadón
tres de estos Rosarios. Uno para el Rey otro para su hija la Infanta Doña
Isabel Clara Eugenia, y otro para su hijo el Príncipe Don Felipe, que le
heredó. Arribó el Maestro Balaguer a Madrid, y sabiendo que el Rey estaba
enfermo en el Escorial pasó allá. Dio sus dos rosarios al Príncipe y a la
Infanta pero reparaba en dar al Rey el suyo. Se lo manifestó a Juan Ruiz de
Velasco, Ayudante de Cámara, quien cariñosamente se le quejó de que no se le
hubiera dado antes, y le aseguró que el Rey se holgaría mucho, por el gran
concepto con que veneraba al Padre Anadón. Pidióle el Maestro, que por su mano
lo pasase a las del Rey, y este gran Monarca lo recibió y besó con particular
aprecio y devoción. Púsolo sobre su cabeza y luego mandó colocasen sobre una
mesita, entre otras Reliquias que tenía a la vista.
De su hijo Felipe III, depuso el mismo
Conde de Benavente, que habiendo venido a Valencia el año de 1599, a celebrar
su casamiento con Doña Margarita Archiduquesa de Austria, todo el tiempo que en
esta ciudad se detuvo (que fueron casi tres meses) hizo muy particular aprecio
del Venerable Anadón, venerándole como varón santo. Celebró este Rey su
casamiento en la Iglesia Metropolitana, el 18 de abril y dijo la misa de las
bendiciones nupciales, el Señor Patriarca Don Juan de Ribera, y acabada
inmediatamente se celebró otra boda real del Archiduque Alberto con doña Isabel
Clara Eugenia, hermana del mismo Rey, y dijo la Misa a estos novios el
Patriarca de Alejandría, Don Camilo Cayetano. En este medio tiempo hasta la
partida de estos
Príncipes parecía residir toda la Corte en
la Portería de Predicadores, tal era el concurso de los Grandes de España y
otros títulos que a ella concurrían por conocer, honrar y venerar al Santo
Portero y encomendarle en sus oraciones. Durante la celebración de estos
casamientos, cuantos Príncipes y Señores concurrieron, tanto extranjeros como
españoles, visitaron, honraron y pidieron las oraciones del Venerable
Concluidos los casamientos, habiendo de
partir el mismo Rey y su esposa a Barcelona, juntamente con el Archiduque
Alberto y Doña Isabel Clara Eugenia, quisieron tomar primero la bendición del
Venerable Anadón, con quien ya habían tenido diferentes pláticas. Y así
habiendo visitado nuestra Iglesia y las celdas de los Santos hijos de esta
casa, el propio día de su partida (que fue el cuatro de mayo de dicho año)
cuando se salían por la Portería, quisieron les diese la última bendición.
Destos Señor, la Infanta en particular le fue devotísima y así no contenta
desta visita le mandó llamar a Palacio dicho el Real. Acudió el siervo de Dios,
llevándose copia de rosarios de naranjitas, que recibieron la Infanta y sus
damas con particular aprecio y devoción.
Y en otras ocasiones esta piadosa Princesa
le había pedido de estos rosarios que estimaba como reliquias, pero en esta los
estimó mas para con semejantes prendas asegurasen un feliz viaje hasta Flandes,
donde se encaminaba con su esposo el Archiduque, nombrado Conde y Gobernador de
aquellos países.