|
LA VIDA DE EL VENERABLE
por José Miguel Simón Domingo
Portero limosnero de la Orden de Santo Domingo.
Padre de los pobres, raro ejemplo del mundo.
Venerable por su Santidad y milagros.
Venerado en Loscos con devoción
|
|
|
NACIMIENTO
El Padre Fray Domingo Anadón López -El Venerable Anadón- nació en Loscos en los
primeros días del mes de abril del año de 1502. Sus padres fueron Antonio Anadón
y Francisca López. Eran labradores, gente llana y honrada. Sus 7 hermanos
fueron: Antonio, María, Gracia, Antonia, Francisca, Justa y Juan.
Juan y María se casaron en Loscos, Antonio en Monforte, Gracia en Badules,
Antonia en Piedrahita y Francisca y Justa en Mezquita. Todos ellos eran personas
sencillas, humildes y de grandes virtudes.
Siendo aún niño murieron sus padres. En Loscos pasó los años de niñez y
adolescencia como pastorcillo, cuidando con su hermano Juan un pequeño rebaño de
ovejas del cupo que les tocó en suerte “un pegijal, que allí llaman estajo de
ovejas”.
Poco más sabemos de sus años de niño y adolescente. Su vida en Loscos, sus
andanzas por la calle El Moral donde nació, por las otras calles del pueblo y
por los campos que conocemos, que aunque no fue recogida por sus biógrafos ha
sido transmitida oralmente entre sus paisanos y es conocida por toda la gente de
este pueblo. ESTUDIO, NOVICIADO Y
ORDENACIÓN
Como la vida de pastor no dejaba satisfechas las ansias apostólicas que desde
bien temprano germinaban en su corazón, decidió, con 19 años, marcharse de
Loscos. Encomendó el cuidado del ganado a su hermano Juan y se trasladó a Daroca
donde estudió Gramática y Latinidad en el Estudio General o centro de enseñanza
superior (moderna Universidad).
Tras un corto y aprovechado período de tiempo en la ciudad de los Corporales,
volvió a Loscos donde se encontró con que su hermano Juan había ido dando el
ganado a los pobres. Ante esto y viendo que se iban confirmando sus
inclinaciones religiosas, comunicó a sus hermanos su decisión firme de tomar el
hábito de Santo Domingo en Valencia, ciudad hacia la que encaminó sus pasos para
de momento proseguir su aprendizaje de Teología y Artes.
Domingo debió llegar a Valencia entre los años 1550 y 1553. Sus biógrafos no
nos dicen dónde se hospedó, ni con qué medios se sustentó durante estos años
hasta entrar al noviciado de los Padres Dominicos. Nos relatan que con 24 años
cursaba estudios de Filosofía, Teología y Artes en la Universidad. Con tanta
diligencia y aprovechamiento escuchaba las lecciones y era tanta su aplicación y
afición a argüir con sus discípulos y de disputar con sus maestros, que recibió
el cariñoso apelativo de Aristóteles, amén de por el ingenio que desarrollaba en
sus argumentaciones.
Allí frecuentaba el trato con algunos religiosos Jesuitas, quienes conocedores
de la extraordinaria calidad humana de Domingo, intentaron durante un tiempo y
de las más variadas maneras persuadirle para que se incorporase a su Regla; pero
Él les contestaba que ya hacía tiempo que deseaba entrar en la Orden de
Dominicos y con este deseo había venido a Valencia.
Con este fin frecuentaba la Iglesia y convento de Dominicos. Por este tiempo el
Convento estaba lleno de varones espirituales, de alta oración y contemplación,
por lo que era uno de los centros de mayor plenitud espiritual y de más eficaz
proyección sobre la vida valenciana. Vivían en el convento los venerables Fray
Miguel de Santo Domingo, Fray Pedro de Salamanca, Fray Bartolomé Pavía y el gran
santo valenciano San Luís Bertrán. Así pues en los ratos libres que sus estudios
universitarios le permitían corría al Convento a dialogar con aquellos buenos y
virtuosos religiosos, a quienes el estudiante Anadón comunicó su deseo de
ingresar en la Orden.
Con tan buenos principios de virtud y letras que había adquirido, vista la
perseverancia y averiguada su vocación, los Padres dominicos decidieron admitir
al joven al noviciado.
Con 27 años (el 30 de abril de 1557) recibió el blanco hábito de manos del Prior
Fray Domingo de Santo Domingo, dejando “sus ropas de capa y sayo, zapatos con
calzas negras, camisa, un pañuelo y sombrero”. Llevaba consigo “los escritos de
Lógica, Filosofía y Teología que había estudiado en la Universidad, un Breviario
y un Diurno, un Nuevo Testamento, las obras de Fray Luís de Granada y una
cinta”.
Su noviciado duró un año y tuvo como maestro de novicios al propio S. Luís
Bertrán. Durante este año de prueba dio grandes muestras de santidad en el
silencio, recogimiento, mortificación, obediencia, amor a la oración, fervor de
la penitencia y en diversos actos de humildad. Una gran humildad que siempre
profesó.
Tras un largo período de escasez, sobrevino al año siguiente (1558) una terrible
peste. En Valencia enfermaron y murieron muchas personas. Entre los afectados se
encontraba el novicio Domingo, que logró superar la enfermedad.
Hizo la Profesión el 6 de mayo de 1558. Teniendo en cuenta su probada virtud, su
adelanto en los estudios, su cultura universitaria y teológica, sin esperar los
cuatro años reglamentarios después de la Profesión, fue ordenado Sacerdote
Religioso Dominico el año 1559.
Ya sacerdote, lo nombraron Ayudante (Coadjutor) del Confesor del Convento de
monjas de Santa Catalina de Siena en Valencia. Poco tiempo ejerció este cargo,
porque conociendo todos su piadoso y caritativo corazón, fue nombrado portero y
limosnero del Convento, cargo humilde al parecer, pero que en aquella época sólo
se confiaba a religiosos prudentes y misericordiosos. Las bellas cualidades de
amor y ternura movieron a San Luís Bertrán, entonces Prior de Predicadores, para
colocarlo al frente del noviciado como Maestro de Novicios –puesto de gran
responsabilidad por requerir sabiduría, santidad y prudencia-, donde continuó
siendo un dechado de virtudes. Con excepción de estos siete meses que estuvo en
dicho cargo, el resto de sus años los pasó allí, en el modesto destino de la
portería siendo un verdadero padre para los necesitados, espejo de caridad
fraterna, “limosnero de mas de 300 pobres que cada día acudían a aquella
portería, además de otras muchas limosnas secretas que se daban a personas de
honra necesitadas. Y en este santo ministerio acabó su dichosa vida”.
Tan eximio religioso que había pasado casi toda su vida entre ollas y cocinas,
era la admiración de todos por su vida contemplativa, por su mortificación, por
su éxtasis y por sus elevadas visiones. |
| |
|
EMPLEO, DEVOCIÓN Y VIRTUDES
Un día entero de su vida –según relatan los varios biógrafos que estudiaron sus
hechos- era poco más o menos como sigue: “Se levantaba –en invierno y verano- a
las cuatro de la mañana, rezaba sus maitines y se daba una rigurosa disciplina.
Después de su oración, confesión, misa y otros piadosos ejercicios. Visitaba
diariamente todos los altares de la Iglesia y claustros, que pasaban de ciento.
A las nueve de la mañana acudía a la portería para distribuir la limosna más
universal a los pobres comunes. A la una daba la limosna a los estudiantes
–que tenía en lista- negociándoles todos sus asuntos, a la vez que les hacía
comulgar todos los primeros y segundos domingos de mes y les buscaba casa en que
habitar”.
Durante el reparto de la limosna a los pobres, sentaba en una parte a los
hombres, en otra a las mujeres y en lugar separado a los niños. Les explicaba,
enseñaba, preguntaba y les hacía cantar la doctrina cristiana; predicaba algún
pequeño sermón sobre las Virtudes y vida de Santos o las excelencias del que
aquel día celebraba la Iglesia o sobre el misterio del Santo Rosario. A los
pobres que por primera vez venían a la limosna, les exigía que se confesasen o
que le mostrasen la cédula de confesión. Les exhortaba a que oyesen Misa y que
ganasen indulgencias. Si no tenían rosario, les daba uno; tenía centenares de
ellos. A los más viejos y vergonzantes, los atendía en otros cuartos, cuando no
querían asistir con los demás. Lo mismo a los peregrinos y mujeres vergonzantes.
Remediaba su necesidad material pero también la espiritual. Consuelo y limosna
para todos los necesitados.
El reparto de la limosna se realizaba generalmente de la siguiente manera:
“Después sacaban la olla grande, compuesta de arroz, garbanzos, judías y varias
verduras, comprado todo de propósito para los pobres, y tan limpio y bien
guisado como si fuera para los religiosos, velando sobre ellos los prelados. De
esta olla se sacaban dos medianitas, que se destinaban una para los pobres de la
cárcel y otra para los estudiantes que acudían a las once o una. Una y otra iban
acompañadas de veinte panes y un pequeño cántaro de vino. Luego se distribuía
entre los pobres comunes la olla grande con setenta panes y un crecido cántaro
de vino. Ayudaban en esta función de servir a los pobres al Venerable damas y
principales caballeros de la primera nobleza, todos descubiertos; y algunos días
acudían a este asunto de caridad y humildad los excelentísimos condes de
Benavente, virreyes de Valencia, y sus hijos, asistiendo a la plática y
repartiendo la limosna a los pobres”.
Y es que fue mucho su amor a los pobres; los quería como si fuesen sus hijos.
Tanto los amaba que no quiso dejar nunca este empleo, aunque algunas veces por
asistirles se vio en peligro de perder la vida. Tampoco los superiores lo
retiraron de la portería, aunque alguna vez se lo aconsejaron. “Un día riñendo
dos pobres y arrojado con furia el uno al otro la escudilla, fue por desgracia a
dar en la cabeza del Venerable Anadón y se le quebró con efusión de sangre.
Quiso el prior por esta desgracia retirarle de la portería; pero el Varón Santo
se le arrodilló a los pies y le suplicó que no le removiese por amor de Dios de
aquel caritativo empleo”. Incluso “algún desarrapado quiso matarlo con un
cuchillo”.
Ejercitaba el Venerable en la portería no sólo la caridad, sino también la
paciencia; porque los pobres con la pesadumbre del hambre, estaban inquietos, le
decían mil oprobios e injurias, queriendo todos ser preferidos a los demás.
Era proverbial la abundancia y prodigalidad de sus limosnas. Nadie alcanzaba a
comprender como se multiplicaban en sus manos el pan y la comida para los
pobres. Mucha gente rica le confiaba donativos para que los repartiera entre los
pobres.
Los ratos libres que le quedaban de su ocupación de portero y limosnero los
dedicaba a visitar los muchos altares de la Iglesia y Claustro, rezando y
adornándolos con flores.
Visitaba a los enfermos, a los que guardaba su comida y a los que siempre
llevaba en las mangas algún regalo. Curaba a muchos de ellos y les remediaba
muchas necesidades. Llevaba también pan cuando salía del convento para los
pobres que topaba. Especial interés mostraba con los encarcelados, a quienes
enviaba limosnas, les llevaba comida y ropa y les daba especiales pláticas,
aunque, por su humildad, dejaba de ir muchas veces porque le honraban por Santo.
Su mortificación era muy grande. tanto en comidas como en las penitencias y
“disciplinas”. Sus ayunos no eran de un día sí y otro no, sino de toda la vida,
porque de la comida ordinaria y de la ración de un fraile dominico -que es más
bien pequeña- quitaba siempre la mitad, o el tercio para los pobres y
levantándose a media comida, mendigaba por las mesas de la ración de los
religiosos para lo mismo. Acostábase tarde y madrugaba mucho –ya se ha dicho que
se levantaba a las cuatro-, estando gran parte de la noche en oración. Su cama
era pobre y dura. Las disciplinas y azotes que se daba eran muchos y con gran
rigor, lastimándose grandemente las espaldas. Muchas veces se disciplinaba por
la conversión de alguna almas, el remedio de las cuales compra a peso y precio
de sangre. Y no mitigaban el rigor de sus penitencias las enfermedades que
padecía que no eran pocas ni pequeñas -dolor de hijada y muy grande y continúo
de estómago, una pierna enferma muchos años y otros muchos males- y sin embargo
siempre parecía estar alegre y nunca se quejaba.
El Venerable además de su gran caridad para con los pobres, sobresalió en otras
muchas virtudes, como afirman sus contemporáneos y testigos de su Proceso de
Beatificación. Hacía mucha oración, tanto contemplativa como vocal; casi
continua. A media noche, después de la Misa, por la tarde y al anochecer pasaba
largos ratos de oración. Varios testigos hablan de éxtasis en la oración.
Era más que medianamente docto y sus sermones sabíalos realzar con profunda
Teología (sermones sobre la Trinidad, la Santa Cruz, etc.). Eran sermones
desnudos de colores retóricos y llenos de espíritu y virtud. “El Predicador,
-decía el Venerable-, debe persuadir las virtudes y reprender los vicios”. Sus
consejos, de trato llano y sencillo, los reafirmaba con frecuentes citas de la
Sagrada Escritura y de los Santos Padres y con espíritu y unción que dejaba a
todos admirados.
El Arzobispo y virrey de Valencia, San Juan de Ribera, admiraba mucho a los
religiosos dominicos; durante sus frecuentes visitas pastorales le acompañaban
casi siempre frailes Predicadores, como Andrés Balaguer, el propio Venerable y
el P. Salamanca. Especial gusto mostraba por los sermones del P. Anadón. Por
todo ello fueron varios los sermones que le encomendó en la Catedral. Predicó
también varias Cuaresmas.
Entre sus devociones y prácticas piadosas tuvo siempre una especial predilección
por el misterio de la Santísima Trinidad. Sus cartas terminaba así: “La
Santísima Trinidad nos conserve en su amor y gracia con favores del Cielo”.
Visitaba con frecuencia la Iglesia de la Santísima Trinidad de Religiosas
Franciscanas y de los Trinitarios. Sus ejercicios comenzaban así: “Por amor de
la Santísima Trinidad”, y siempre que la liturgia lo permitía, decía la Misa de
este Misterio.
El Santo Rosario lo rezaba continuamente: cuando iba por los claustros,
dependencias y calles era su devoción favorita. Especial vocación tenía a la
Ascensión del Señor y la Eucaristía. Recordaba los Corporales de Daroca que
dejaron profunda impronta en su alma de sus tiempos de estudiante. Mandaba velas
para que alumbraran en su Capilla y siempre que pasaba por las proximidades de
la ciudad amurallada se desviaba para decir Misa en su Capilla y rezar ante los
Corporales.
Consolaba cuanto podía a los atribulados y aplicaba por ellos fervientes
oraciones. Llegó a escribir al Rey Felipe II e incluso pasó a Aragón a hablar
con su Majestad para templar el rigor de su Justicia. Comentando esta audiencia,
contaba después: “Mirad cuanto tonto soy, que traté al Rey de Vuesa Merced." Y
advertido por el conde de Chinchón que al Rey se le debía llamar Majestad, “me
equivoqué nuevamente” y concluía: “¡que simple soy que habiéndome avisado volví
a caer!”.
Fue muy alabado de San Luís Bertrán por las grandes virtudes que en él
resplandecían -profundísima humildad y ardentísima caridad- y decía de Él: “Este
fraile es gran siervo de Dios y no es conocido, pero cuando muriere lo conocerán
y honrarán mucho esta casa”. Y en otra ocasión, cuando un caballero le pidió a
San Luís Bertrán que le encomendase a Dios, le respondió: “Yo soy un pecador, el
santo es Ese que está en la portería”. Antes de morir el mismo San Luís Bertrán
contestó al Prior que le pedía oraciones ante Dios: “Ya queda en casa el Padre
Fray Domingo Anadón. Téngale en mucho porque por Él ha de honrar Dios nuestro
Señor el Convento”.
Era tan grande la opinión de Santidad que en el siervo de Dios Fray Domingo
tenían que Su Majestad y cuantos grandes seguían la corte, y otros muchos
prelados de España y fuera de ella (Cardenales y otros Príncipes) le escribían
pidiéndole el beneficio de sus santas oraciones y rogaban que los encomendase a
Dios. No llegaba a Valencia Caballero alguno que no le fuese a ver a la portería
de Predicadores para recibir su bendición y remedio celestial en sus
enfermedades.
Humildad, paciencia y caridad, fueron virtudes que profesó incesantemente
durante toda su vida y por lo cual le daban el título de Santo Fray Domingo el
Limosnero |
| |
|
DON DE PROFECÍA
El Padre Fray Domingo Anadón, el Limosnero, tuvo don de profecía y fueron
innumerables las cosas que dijo antes que sucediesen o pudiesen saberse. Así lo
recogen los numerosos biógrafos que sobre su vida escribieron. A continuación se
reproducen numerosos relatos que muestran este don concedido al Venerable.
Viniendo una vez a su patria Loscos, pasó por Altura, y visitó unas sobrinas del
Padre Fray Francisco Clemente del mismo convento de Predicadores y les ofreció
traer de su tierra un poco de azafrán en agradecimiento de las buenas obras y
caridad que le hicieron. No pudo volver por allí, pero llevaba su azafrán.
Murmuraron del Padre aquellas mujeres, porque a su parecer les había faltado a
la palabra, diciendo: “Fiaos de estos Santos”. Y siendo un día esto por la
tarde, se fue a lo que amanecía a la celda del Padre Clemente y le dijo riendo:
“Envíe este azafrán a sus sobrinas, que se lo prometí y que no murmuren de aquí
adelante, como ahora han murmurado de un gran pecador, que soy yo, pues podían
murmurar de alguien bueno”.
Don Vicente Valterra, Señor de Torrestorres, enfermó el año de 1592, y antes de
que la enfermedad descubriese su malicia, fue a verle Fr. Pedro Blasco con el
Padre Anadón quién acercándose al enfermo le dijo que ordenase sus cosas y
enviase por su hijo Don Miguel que estaba en Almansa, advirtiéndole que estaba
en grande peligro. Como los médicos no tenían por peligro la enfermedad, en
particular el Doctor Almenara, médico insigne, se vino a quejar al Prior de que
sin motivo ni fundamento alguno el Padre Anadón hubiese afligido a toda la casa
por nueva tan infausta. Y advertido el Varón de Dios, respondió: -¿Es amigo mío
Don Vicente Valterra y no queréis que le diga que se muere?-. Y así sucedió y tan
rápido que su hijo Don Miguel no lo vio vivo.
Estando Fray Pedro del Portillo enfermo en Castellón de la Plana desahuciado de
los médicos, y sin esperanza de vida, ni remedio humano, dada la unción, partió
un amigo suyo a Valencia para hablar con el padre Fray Domingo para que “si era
vivo rogase a Dios por su salud y si muerto por su alma”. Dijo “Vaya con Dios
que no morirá el Padre Portillo de esta vez”, y así fue, porque vivió hasta el
año 1610.
Dada su humildad, este Santo encubría con gran cuidado sus virtudes y santidad.
Tanto que algunos creían que no era tan Santo como la fama le pregonaba. Este
mismo pensamiento tuvo el doctísimo Padre Fray Alonso Cabrera, predicador de su
Majestad Felipe II, que estando en Valencia comunicó algún rato con este siervo
de Dios. Saliendo una mañana después de haber estudiado un famoso sermón para
predicarlo en la Seo de Valencia, se detuvo para escuchar la predicación del
Santo Portero a sus pobres antes de repartirles la limosna y oyó que decía:
“entonces piensan algunos que solo ellos hallan cosas importantes para predicar
pues a fe que también saben y suele comunicar Dios sus tesoros a los pobres" y
diciendo esto comenzó a predicar palabra por palabra lo que el padre Cabrera
llevaba escrito y estudiado, de lo que quedó espantado y edificadísimo,
haciéndose gran pregonero de la santidad del Santo Portero de allí en adelante.
Estando un día predicando en el Hospital de Valencia con gran llaneza y mucho
espíritu, un hombre decía entre sí “Este fraile es simple o ignorante”. Y tan
presto se volvió el Santo hacia él y dijo “Tenéis razón que soy simple e
ignorante y que no tengo las partes que debe tener el que ocupa este lugar, pero
la obediencia me lo manda y he de hacerlo”. El hombre quedó pasmado, pero
enmendado de lo que había imaginado.
Estando en una ocasión en Longares le rogaron al Padre que se apiadase de ellos
por la gran sequía que padecían y la gran necesidad de agua que había en los
postreres de mayo, perdidos ya casi los panes. Ordenó una procesión yendo Él en
ella y se puso a predicar a la gente, que seguía la procesión, sentada en las
gradas de un humilladero, donde al final del sermón dijo que confiasen en Dios
que pronto tendrían agua. Acabado el sermón se pusieron en marcha y profetizó al
canónigo Baylo de Daroca que saliendo de Longares llegaría a Daroca antes de que
lloviese, pero que se mojarían antes de llegar a Loscos y que llovería mucho, y
esto era estando el cielo muy sereno. Y así fue que en apeándose el canónigo en
su casa comenzó a llover en abundancia, mojando mucho el camino, al padre y a
los que en su compañía iban. Y esta agua, alcanzada por su intercesión, fue
milagrosa.
A un religioso que padecía detrimento de su honra por falsas informaciones y le
habían privado de un cargo, cuando fue llamado a los despachos del Provincial y
todos le decían que no tendría remedio su asunto, le certificó el Santo Portero,
que fuese y vendría bien despechado y solucionado su problema. Y para que se
viese la certeza de la profecía, cuando volvía el fraile le dijo antes de hablar
palabra: “¿no se lo dije yo?, la madre de Dios del Rosario lo ha hecho”.
Predicó en cierta ocasión el Santo Padre Fray Domingo a unas religiosas y esto
fue con tanto espíritu que las reprendió de los defectos particulares de cada
una, como si fuera testigo de vista, hasta decir las mismas palabras que una de
ellas solía decir para disuadir a algunas doncellas de que no se hiciesen
monjas, de lo que se admiraron y aprovecharon grandemente. Lo mismo aconteció
otra vez hablando con una mujer puesto que parecía que le leía el corazón y
sabía lo que le había pasado por el pensamiento por lo que preguntó: “Padre,
¿cómo sabe esto?", respondiendo el Venerable “Somos como los gitanos que
hablando hablando aciertan algunas veces”.
En un convento dos religiosas le pidieron las confesase: la una buscando su
consuelo espiritual, la otra movida de curiosidad. Dejó el Varón Santo a la
afligida consoladísima, diciendo “Confío en la Santísima Trinidad, que cuantas
hoy viven en esta casa se han de ir al cielo”, pero a la curiosa le habló con
tal sequedad que se salió del confesionario quejándose y diciendo. “Qué fraile y
que santidad. ¿Este es el Santo?" De aquí conocieron todas su impertinente
intención. A doña Luisa Antics, que se fue a confesar, antes de comenzar la
confesión le dijo: “Doña Luisa hija no le de pena este pensamiento” diciéndole
lo que le traía inquieta. A una señora de título, que se confesaba generalmente
con el Padre Fray Domingo, diciendo que no se acordaba de otra cosa le dijo
“Acuérdese que tal y tal día cometió tal pecado”. A otra hija suya de confesión
–persona devota- que se afligía mucho cuando le hablaba de su próxima muerte le
dijo: “No os aflijáis que presto me seguiréis” y fue así que murió en 1603.
A Pedro Assiau, que iba a la corte a tratar cosas de importancia le decía los
asuntos que llevaba sin habérselos dicho persona alguna y también algún suceso
antes de que tuviera lugar. A Francisca García de Longares le dijo mucho antes
que sucediera: “Estad segura que seréis monja del orden de Santo Domingo antes
del día de Santa Catalina de Sena” y así fue. A Sor Ana de Gotor que estaba en
el convento de Nª Señora del Rosario de Religiosas Dominicas de Daroca le dijo:
“Consuélese vuestra merced con estos Santos y más ahora que es muerto su padre
Gerónimo de Gótor y goza de Dios”, y esto era el tiempo en que nadie allí lo
sabía.
Un día saliendo de una cárcel de Valencia de visitar a los presos estaba muy
triste, le preguntó Baltasar Simón que porqué lo estaba y el Venerable le
respondió “Porque no he de volver más a esta cárcel a consolar a los pobres”. Y
esta escena ocurrió pocos días antes de que se quemara la cárcel el día de
Carnestolendas de 1586. |
| |
| |
|
DON DE HACER MILAGROS
Muchos han sido los autores que han tratado la biografía de Domingo y todos
ellos comentan con amplitud la gran cantidad de prodigios que obró el dominico
de Loscos por todos los lugares por donde anduvo. Desde los primeros tiempos de
vida religiosa se refirieron de él abundantes profecías y milagros que corrían
de boca en boca entre las gentes, que no se recataban de tratarlo “de Santo”.
Los milagros en la cura de enfermos y personas necesitadas que este bendito
hombre hizo fueron innumerables. También fueron muchos los milagros que en el
dar limosna hizo y las veces que en las manos se les multiplicó el pan y las que
halló las cestas llenas después de haberlas dejado vacías. Y lo escribieron los
autores dichos y muchos poetas de su tiempo, en alabanza de este santo, lo
celebraron en sus versos.
Estos son algunos de los milagros relatados por sus biógrafos. Queda para otro
capítulo aquellos que no están escritos y de boca en boca se transmiten entre
sus paisanos de Loscos.
En Loscos un niño de ocho años cayó de una ventana a la calle tan
desgraciadamente que en sentir de todo el pueblo quedó muerto, sin señal alguna
de respiración por mas de dos horas, hasta que el Padre Anadón que entonces se
hallaba en el Lugar, le tomó en brazos y orando por un breve rato le restituyó
los alientos de la vida y la salud perfecta.
Ángela Andréu, niña de seis meses, de una caída quedó tan quebrantada que no
pudiendo tomar el pecho en tres días, amaneció el cuarto envidriados ya los ojos
y tan consumida que cuantos la veían la daban por muerta; y hasta el mismo Padre
Anadón, al que su padre le había llevado, le dijo: “Para que la trae. Esta niña
ya es muerta”. Pero instando el Padre para que rogase al Señor por su salud, le
dijo: “Váyase a casa, que la niña tendrá salud”. Acababa de decir esto cuando la
niña abrió los ojos y volviendo a su casa tomó el pecho y estuvo sana.
Volviendo de Zaragoza a Valencia, pasó por el Lugar de Ababuj, y estando sentado
a la puerta de la casa del cura, donde estaba hospedado, se enterneció de ver
pasar por la calle con su rebaño un pastorcillo llamado Gerónimo Belloc que
estaba quebrado –sin aprovecharle remedios- y con su sola bendición le dejó
repentinamente sano.
En un viaje de Zaragoza a Valencia, pasando el Venerable por un Lugar de la
Comunidad de Teruel, acudió un vecino de Cedrillas y le dijo al mozo de mulas:
“Hermano ¿donde está el Fraile Santo que pasando por mi Lugar ha curado un sordo
y mudo?”. Lo encaminó el mozo al cuarto en el que estaba el Venerable y el
hombre con la misma llaneza le dijo: “Padre rogad por mí, que sois Santo”. Se
enojó el varón humildísimo y le despidió con alguna aspereza. Insistió el hombre
diciendo: “Sé que sois santo, que en mi Lugar aquel hombre sordo y mudo a quien
dijisteis las oraciones ya oye y habla perfectamente”. Se fue el hombre y
preguntándole Francisco Romfara que le acompañaba que había sido aquello,
respondió el Venerable: “Déjalo estar que eso no lo hacen los hombres sino la
Virtud del Evangelio”.
También en Cedrillas, acudió por remedio Isabel Plo, que en una granja vecina
yacía tullida hacía muchos años. Dióle el Varón Santo la bendición, díjole las
oraciones y dejola con eso repentinamente sana, subiendo y bajando las escaleras
muy ágil.
Otro día en el mismo Lugar, subió al Castillo con algunos clérigos a bendecir el
término. Mosén Jaime Anadón llevó consigo una calabaza pequeña de tres vasos de
vino, con una torta de las que llaman delgadas. Cuando llegó la hora de
refrescar, mandó el Varón de Dios a los que allí se hallaban (pasaban de
veinticinco) que comiesen de aquella corta provisión, asegurándoles que habría
para todos. Así fue que comiendo todos y bebiendo a deseo hasta quedar
satisfechos, hubo lo bastante, atribuyendo la conocida multiplicación del pan y
vino aquella gente al contacto del Santo Varón.
Un año, viendo el Padre Prior y los frailes de su congregación que el vino se
les perdía y que del todo se avinagraba, pidieron al Santo Portero, que rogase a
Dios por aquella necesidad que redundaba en daño, no solo de los frailes sino
también de los pobres a quienes se repartía. Respondió el Santo Fray Domingo al
Prior y a los que estaban delante, que confiasen en la Santísima Trinidad que
convertiría el vino agrio en muy bueno y muy suave. El Prior quedó con gran
esperanza y fue ello así que el vino fue escogidísimo y tal que por muchos años
no se bebió tan bueno en aquel monasterio.
Llevando un día un plato de pescado con unos mendrugos que halló en una alcancía
fue tras él gritando el refitolero que aquella ración la guardaba para el
religioso que llevaba el platillo del Rosario, oyó el Prior las voces desde el
claustro, sabiendo la queja del refitolero, hizo cargo el santo portero, que con
su acostumbrada mansedumbre le respondió: “Cierto padre Prior, que no llevo tal
cosa”. Levantóle el prior el escapulario y no halló ni peces sino un oloroso
deposito de frescas y fragantes rosas.
Un día diciendo Misa en la capilla de San Vicente Ferrer –donde hay una imagen
de la Santísima Trinidad- el ayudante le encendió dos velas (como es costumbre)
pero en toda la Misa ardieron tres y preguntándole el ayudante como había sido
aquello dijo “Calla, calla déjalo estar”.
Apartábase y escondíase para rezar. Pero un día Antonio Burguero, amigo del
Santo limosnero entró en la capilla de San Vicente Ferrer y le halló arrodillado
rezando y levantado de tierra más de dos palmos. Volviendo en sí y hallando allí
a su amigo le dijo “Lo que habéis visto calladlo que puedo ser ilusión del
demonio”, diciendo esto por encubrir su gran santidad.
La misma noche de su muerte se le apareció a un religioso anciano del convento
con demostraciones de gloria. Y después de varios días también a otro religioso.
En fin este fue el vivo retrato de un perfecto siervo de Dios. |
| |
|
MUERTE
Como es muy de ordinario revelar Dios a sus amigos el día de su muerte, honró la
divina misericordia al Padre Fray Domingo Anadón con esta prerrogativa y
privilegio. Añadiremos aquí brevemente como el Santo lo significó muchas
veces29.
Hablaba este año 1602 muchas veces de la muerte y decía a los que le oían:
“Rogad a Dios por mí que poco viviré”. En octubre comenzó a sentir molestias y
era frecuente oírle hablar de su próxima muerte. En los primeros días de
diciembre, estando a la lumbre con el Padre Fray Martín Juárez le dijo “Ya somos
viejos y viviremos poco, yo por lo menos no veré el año 1603”.
Asimismo predicando el sermón de las Once mil Vírgenes -que fue el postrero que
predicó- dijo: “Hermanos no viváis descuidados, preparaos para la muerte que yo
desde anoche comencé a disponer de las cosas que de los pobres tengo en la celda
y es menester porque se llegó la hora”. El día de Santa Lucía pidiendo limosna
para los pobres en una puerta, pareciéndole que les había causado molestia a los
de aquella casa, porque había pedido deprisa, dijo: “Perdonadme que no vendré
más a enfadaros” y fue el mismo día que se acostó en la cama para morir.
Comenzó a sentir una calentura continua. Los médicos descubrieron en su espalda
llagas causadas por las disciplinas por lo que algún Autor dice que fue la causa
de la fiebre en aumento y de su muerte.
Asistido por los religiosos en su enfermedad, estaba en continua oración -como
durante toda su vida- y diciéndole que no rezase tanto, respondía “Estoy
muriéndome y queréis que no rece”. Y así recabó del Padre Prior le dejase rezar
el Oficio Divino hasta su muerte. Confesaba y comulgaba. Para todo le daba Dios
grandes fuerzas y vióse más en la mañana en que había de recibir el Santísimo
Sacramento, pidió vestirse y no osándole dar un estudiante que le servía
(pareciéndole que le había de morir en las manos) comenzó a levantarse el Santo
Fray Domingo y se vistió con muy gran diligencia y con poca ayuda se levantó y
arrodilló al pie de la cama. Y a pesar de sus grandes dolores y enfermedad que
padecía estuvo el santo viejo arrodillado dos horas desde las seis hasta las
ocho que devotísimamente comulgó y pidió que a su debido tiempo le diesen la
Santa Extremaunción. Y aquella misma noche (que era la del Nacimiento del Señor)
rezó los maitines cuando sintió que los frailes los comenzaban y queriendo
estorbárselo Domingo Uriel que le servía dijo “Dadme el Breviario que ahora me
han dicho los ángeles que lo rece”.
Cuando al Santo le iba llegando la hora de la muerte, más estaba puesto en Dios y siempre meneaba los labios con que estaba rezando, sin mudar semblante
ni decir palabra. Pero oyó la Oración que muchas veces Él solía decir, abrió
entonces los ojos y se sonrió.
Diéronle la Unción y recibióla con devotísimos y fervorosos afectos. Y
diciéndole el Superior del Convento: “Padre Fray Domingo, si nuestro Señor (como
lo confiamos en sus Misericordia) lo llevara al Cielo, encomiéndele de veras
mire por esta casa con ojos de clemencia”. Respondió el humilde Padre: “Si tanta
misericordia me hiciese nuestro señor, que olvidando mis culpas y mirando el
valor de su sangre y sus merecimientos me llevare al cielo (del que tan indigno
me siento) no me olvidaré de casa, a quien tanto debo”.
El mismo día de su muerte, por la tarde, recibió la visita San Juan De Ribera
que quería mucho al Venerable, mutuamente se besaron la mano. A la hora de morir
se hallaba en su aposento mucha nobleza y amigos. “Comenzó a agonizar, viendo la
gente que ya acababa, comenzó a tocar los rosarios en su venerable rostro y
manos. Otros daban las toquillas y los sombreros para que las pusiésemos en la
cabeza del santo varón, y otros echaban sus rosarios y lienzos sobre la cama del
siervo de Dios, para enriquecerse después de la virtud y santidad que por el
contacto alcanzasen aquellas cosas y esto se hizo en viendo que de cuanto había
en la celda no había quedado cosa que llevar: zapatos, rosarios, papeles y aun
los clavos de las paredes, procurando cada uno llevar algo para reliquia”.
Cúpome a mí por suerte tener un gran rato sus benditos pies en mis manos.”.
Expiró el Santo Varón a las 8 de la tarde del sábado 28 de diciembre de 1602,
día de los Santos Inocentes, y quedóle el rostro tan apacible y risueño que
parecía muy hermoso. Las manos estaban tratables y parecía vivo.
Veinte caballeros le llevaron después de vestido en los hombros desde la celda
hasta la Capilla Mayor de la Iglesia. Toda aquella noche estuvo la Iglesia llena
de gente principal y de los títulos de Marqueses y Condes y de otras mil gentes.
El domingo día de Santo Tomás Cantauriense lo pusieron los religiosos en medio
de la iglesia en un tablado muy alto que habían hecho para defenderlo de la
gente innumerable que no cabía en la Iglesia e incluso llenaba la Plaza de
Predicadores y fueron menester alabarderos de la Guardia del Virrey para guardar
el Santo Cuerpo. Besábanle la mano, pies, hábitos y dieron muchas sortijas
para que se las pusiesen en los dedos y se las devolviesen como grandes
reliquias para que las manos empleadas en el sustentar y ayudar los pobres,
después de muertas fuesen adornadas con ricos rubíes y diamantes. Por delante de
su sencillo féretro desfilaron desde los más humildes comensales de su diaria
sopa, hasta las más encumbradas personalidades de la ciudad, así como el
Arzobispo San Juan de Ribera y el Gobernador Jaime Ferrer.
En olor de Santidad fue enterrado el lunes siguiente día 30, y le llevaron a la
sepultura los Jurados de Valencia en forma de ciudad con sus insignias y algunos
otros Señores. Infinita gente que desde dos horas antes aguardaba en la plaza.
Fue increíble el concurso, el aplauso y la devoción del valenciano pueblo.
Sus restos fueron enterrados en la Capilla de los Venerables de la Iglesia.
Lugar donde se entierra a los que mueren con opción de Santidad. Y lo colocaron
encima del ataúd del Santo Fray Miguel Lázaro. En 1611 llegó a este Convento el
magnífico sepulcro de jaspe y mármol que para colocar el cuerpo del Venerable
Anadón envió el mencionado Conde de Benavente, entonces Virrey de Nápoles
(agradecido a las misericordias que Dios les había hecho en Valencia por la
intercesión del fray Santo Domingo el Limosnero). Desenterrado y puestos sus
restos en este sepulcro se colocó en particular capilla (haciéndose la
traslación el 17 de octubre con licencia del Arzobispo). Posteriormente en 1647
la urna se trasladó a la nueva capilla de San Luís Bertrán junto a los restos de
otro venerable, el P. Juan Micó. Tras la exclaustración de 1835 en que el
Convento de Predicadores se convirtió en Cuartel de Artillería y en 1839
acogiera la Capitanía General de Valencia, se derribó la magnífica Capilla de
San Luís y trasladados los restos del Venerable a la Suntuosa Capilla de los
Reyes, contigua, quedando depositados en la cripta bajo el Altar de Nuestra
Señora de Montserrat.
Tras la muerte del Predicador de Loscos, se acrecentó la devoción y la fama de
santidad, de prodigios e incluso milagros. Así en los años siguientes se
hicieron sus memorias como de Santo. En 1604 se le hicieron unas honras muy
solemnes por deseo expreso de San Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia y
Patriarca de Antioquía. Se entapizó la Iglesia de Predicadores. Se dijo Misa de
Todos los Santos por el obispo de Orihuela con música y muchos cantores y
predicó el propio Patriarca que cantó con grandes alabanzas las muchas virtudes
del Venerable. Asistieron numerosos obispos, entre ellos el de Albarracín D.
Vicente Roca, y la totalidad de Autoridades así civiles como militares, toda
Valencia y podríamos decir todo el Reino.
Al año siguiente -el día de su fallecimiento- nuevamente con gran solemnidad, se
entonó Misa de Todos los Santos predicando un notable sermón los milagros de
este Santo varón. También hubo justa poética de sus alabanzas que fueron muchas
y de muy buenos conceptos y de subidos ingenios que después se imprimió.
Tal era la fama del Venerable en toda Valencia, tanto como limosnero como por su
bondad humana y religiosa que en la Iglesia del Colegio-Seminario del Corpus
Christi o Iglesia del Patriarca de Valencia, mandada construir en 1586 por San
Juan de Ribera (1532-1611) e inaugurada su Capilla en 1604, aprovechando la
estancia en Valencia del Rey Felipe III con su esposa Doña Margarita de Austria,
ya aparece un cuadro pintado al Venerable. Es una pintura mural situada en uno
de los muros laterales de la Capilla de nuestra Señora. Se titula Huida a Egipto
y es de grandes proporciones; al pie del cuadro vienen retratados el Obispo
Espinosa, primer rector del Colegio, y el Venerable Anadón repartiendo pan a dos
estudiantes.
Tal era la fama de El Venerable que no dudó el Patriarca S. Juan de Ribera en
abrir proceso informativo sobre la fama de santidad, virtudes y milagros de
varios religiosos, entre ellos los de sus dos grandes amigos Luís Bertrán y
Domingo Anadón. Le fue incoado el proceso de beatificación y se solicitó
licencia para venerarle como santo.
El proceso de Beatificación se inició el 19 de enero de 1609. Un total de 99
testigos fueron los que declararon sobre su vida y virtudes. Personas de toda
condición (entre ellos varios obispos que lo conocieron) a él encomendadas que
por su intercesión alcanzaron favores milagrosos. Se redactó el Expediente y se
envió a Roma. Parece ser que no fue correctamente redactado y mal presentado
desde el principio, pues se hacía hincapié en las virtudes, en general, y no se
aportaban pruebas suficientes de sus prodigios y virtudes concretas. Este hecho
unido a cierto descuido, negligencia o abandono por parte de algunos miembros de
su propia orden, hizo que quedase estacionada la causa. Se cerró el proceso y
trámite el 27 de agosto de 1610 por causas del todo no estudiadas, eso sí causas
ajenas a la figura del Venerable. |
|
|